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Cuento de Alcaucin

Ayuntamiento de Alcaucín  • info@alcaucin.es  • 952 510 002
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Cuento de Alcaucin

Autor: José Luis Rivas. Fecha: 12/12/2009

La Memoria del Pueblo

Prólogo: La pequeña historia que les voy a narrar es totalmente ficticia y solo ha ocurrido en la mente del autor;por lo que su coincidencia con hechos presentes o pasados son solo casualidad. La historia en sí tampoco tiene muchas pretensiones de exclusividad y puede haber ocurrido, con más o menos matices, en cualquier lugar del mundo.

Pero he considerado oportuno ubicarla en un entorno concreto y único que conocí hace poco tiempo al azar. El pueblo del que les hablo es Alcaucín, bello lugar enmarcado en la malagueña comarca de la Axarquía.
No les voy a dar una descripción orográfica, cultural, tradicional, agrícola o demográfica de la localidad,porque eso está a disposición de todo el mundo a un simple clic de ratón con las nuevas tecnologías.

Pero sí les puedo contar mis sensaciones de la visita, que son las que verdaderamente me llevaron a idear toda la trama, ya que sus características y peculiaridades me sorprendieron gratamente, y me hicieron “visualizar” determinadas escenas como si ciertamente hubieran sucedido de forma real.

Los “tiznaos”, que es como se conoce a los habitantes de Alcaucín, son una gente sencilla, noble, con un acento o deje muy particular, que se hacen querer al visitante en pocos minutos y que le enamoran con mucha facilidad.

Pertenece a esa serie de pueblos moriscos, escondidos, labrados a fuerza de sudor y sangre, hechos piedra a piedra, con toda una colección de historias, leyendas y anécdotas dignas de figurar en los más excelsos libros de antropología.

Pero, sobre todo, lo que más fascina al forastero, son sus calles, otrora empedradas, ahora con asfalto. Calles sinuosas, estrechas, con pendientes pronunciadas y que nos dicen mucho de los burros, mulos y carros que en otras épocas circularon por ellas. Y nos dicen mucho de fachadas inundadas de macetas y flores multicolores, de faenas artesanas a pie de calle, de conversaciones sobre el estado de la cosecha y de convivencia colectiva de sus vecinos, en las que todos se interesan por todo y nadie está ajeno a los partos, defunciones, alegrías y tristezas de los demás.

Ah, pero lo que mas atrapa al visitante, sin quitar un ápice a sus vecinos y calles, son esas montañas y laderas que protegen a Alcaucín y le dan la apariencia de un belén vivo.
Ese clima de montaña, esos puntos luminosos, ya sea por su blancura durante el día, ya sea por sus luces durante la noche, que se pueden percibir desde cualquier punto del pueblo, le dan una apariencia irreal.

Todas esas fincas, cortijos, manantiales o caminos zigzagueantes; toda esa arboleda, parajes y sembrados; todo eso, hace que la mente más insensible a la belleza de la naturaleza deje aparcada su indeferencia y deba admitir, reconocer y admirar la hermosura de un pueblo como Alcaucín.

Solo les pido que, si alguna vez deciden visitarlo, no se lleven ni dejen nada. Déjenlo como está. No modifiquen ni alteraren su apariencia, su sencillez o su entorno.
¡Déjenlo como está!. Me gustaría que siguiera siendo el refugio de muchos que, como yo, todavía creen en el romanticismo, en la naturaleza y en la nobleza de las personas.
Una vez situados, espero que el lector sea capaz de comprender las motivaciones y la mentalidad de los personajes que intervienen en la historia y los “visualice” como he llegado a hacer yo.

Les vuelvo a repetir, sin ánimo de ser peyorativo, que la historia es totalmente ficticia.
Ruego a sus habitantes, por tanto, que me perdonen si en algún momento consideran una intromisión por mi parte el haber hecho uso de lo que realmente solo les pertenece a ellos.
Confío en su bondad.

Eran tan Chiquitos

María, como todos los días, se ponía a gritar desde la calle.
- ¡Sebastián!, ¡Venga, que llegamos tarde!
- ¡Ya voy!

Desde hacía tres años, María y Sebastián repetían la misma escena. María quería llegar a la hora del inicio de las clases y Sebastián aprovechaba hasta el último minuto para estar en la cama.
Sebastián salía de casa, le decía un “hola” medio dormido a María y ambos encaminaban la calle hacia el colegio.

Y la eterna discusión.
- Todos los días igual –decía María. ¿Por qué no te levantas quince minutos antes?. Siempre tenemos que ir corriendo.
- Ya lo sé, mañana me levantaré antes – respondía Sebastián.
Pero Sebastián nunca se levantaba antes.

María lo sermoneaba durante unos minutos, a lo que Sebastián respondía con “Sí, ya lo sé”.
El sonido de sus pisadas sobre el empedrado llamaba la atención de los vecinos que, desde sus puertas, les conminaban a darse prisa.
- Venga, corred, que hoy os quedáis en la calle –le decían unos.
- ¿Otra vez te has dormido, Sebastián? – le decían otros.

Ellos les daban los buenos días a todos los que salían a su encuentro y continuaban con paso veloz por la pendiente calle que los encaminaba al colegio.
Ya allí, María se alineaba en la fila de los niños de ocho años y Sebastián se agrupaba con los de nueve.

María era chiquitita, menuda y poquita cosa. Se perdía de la vista de Sebastián una vez que se mezclaba con los demás niños.
Solo su gran abrigo rojo hacía que percibiera su posición de vez en cuando en la algarabía y griterío de alumnos.

Porque Sebastián intentaba no perderla hasta que entrara al colegio. Era una decisión que había tomado hacía tiempo.
María era su responsabilidad y tenía la obligación de cuidarla hasta que regresaran a casa.
Sebastián era grande y desproporcionado con respecto a sus compañeros y su edad.

Era el típico chicarrón de pueblo, fuerte como un roble, un poco bruto y bienintencionado.
Era simple y lento en sus procesos mentales, pero tampoco necesitaba mucho más.
María, siendo menor, era la cabeza pensante del equipo y era quien le aportaba la cordura y la sensatez, y le obligaba a cumplir con sus tareas cotidianas.

Y ambos tenían perfectamente asumidos sus papeles y, en ningún momento, usurpaban las funciones del otro.
Así lo entendían ellos y así lo entendía todo el pueblo.
Porque el pueblo también conocía a todos y cada uno de los niños.

Y de los ancianos. Y dónde vivían, dónde tenían sus pequeñas parcelas y dónde trabajaban los hombres y mujeres de la localidad.
En Alcaucín todos vivían en comunidad, todos formaban una gran familia; cada uno en su casa, pero con un espíritu único e indivisible, que hacía que el pueblo girara al unísono alrededor de cada uno de sus individuos.

María y Sebastián pasaban el día juntos, excepto en el horario escolar; ahora en la casa de uno, ahora en la casa del otro.
Eran más que hermanos. Sabían reconocerse mutuamente en cada uno de sus gestos, con una simple mirada.

-¿Qué te duele?, ¿Qué te pasa?, ¿Qué te han dicho? – se preguntaban cuando alguno de los dos descubría algún factor extraño en el semblante del otro.
Todos pronosticaban un futuro cierto y definido a ambos.
Todos daban por hecho que Sebastián y María estarían siempre juntos, porque era incomprensible pensar en ellos por separado.

Si le preguntaban a cualquiera de ellos si iba a asistir a alguna fiesta, reunión o acto extraordinario, la respuesta era indefectiblemente:
 “tengo que hablarlo con Sebastián o tengo que hablarlo con María”.
La primavera hacía estallar un rosario de luces y colores en todo el pueblo.

Las calles estaban a rebozar de vecinos que hacían su vida en las puertas de sus casas.
Las flores, arreos de labranza, pleitas y animales daban una apariencia al pueblo que recordaban a postales de tiempos atrás.

María se hacía más pequeñita, sin tener que soportar toda la parafernalia de bufandas, abrigos y zapatos más grandes de su talla para albergar varios pares de calcetines, y se quedaba en nada.
Sebastián parecía más desgarbado, larguirucho y patizambo que nunca y su forma de caminar y moverse parecía más descompasada y antiestética que en la época de frío.
Y pasaron los veranos.
Y pasaron los años.

La Dulce Adolescencia

María y Sebastián cumplieron los doce y trece años, respectivamente.

María era una bonita niña, pequeñita, pero muy dulce, que se sentía atraída por todos los temas en los que el factor principal era la sensibilidad, el amor y la cultura. No concebía la vida desde una perspectiva distinta a la del raciocinio, la bondad y el afán de mejorar el mundo. Y María se rodeaba de amigas que compartían sus mismos sentimientos, que hablaban de príncipes, de amores y de situaciones idílicas en las que soñaban con lugares encantados.

Y Sebastián, como no podía ser de otra forma, cada día era más grande, bruto y desgarbado.Le gustaba dedicar las tardes a jugar a fútbol con sus compañeros, allá en la era de las afueras.Su enorme corpachón lo hacía idóneo para ser un buen defensa.
Pocos niños se atrevían a superarlo para intentar marcar un gol y se limitaban a hacer disparos con la pelota desde lejos.

Tuvo que abandonar el baloncesto, también deporte local, porque en una entrada a canasta tropezó y se golpeó fuertemente en la espalda con la barra de hierro que soportaba la canasta y le costó un mes de cama. Así que renunció a ese juego de por vida.

María y Sebastián siguieron siendo grandes amigos, pero pasaban menos horas juntos.
María ocupaba las tardes con sus estudios, las tareas del hogar y esas clases de música a las que se había apuntado.

Y Sebastián era asiduo de las calles, de las reuniones de pandilla y de su amor por el motociclismo, nueva afición que había descubierto tras asistir con sus padres a varias competiciones en la capital comarcal.

Así que María y Sebastián cada vez coincidían menos, cada vez estaban más lejos y cada vez tenían menos temas de conversación que compartir.
Ambos se seguían esforzando en mantener la gran amistad que los unía pero, día a día, iba siendo más complicado.
Incluso tuvieron que aprender a mentir cuando los vecinos o sus padres le preguntaban por el otro.

- Sí, ahora iré a verlo.
- He quedado con ella para esta tarde.
- Ya estuvimos juntos esta mañana.
- Fuimos juntos a la sierra, al manantial.

Llegó el momento que dejaron de preguntarles porque, dijeran lo que dijeran, parecía que ya no compartían nada, que ninguno tenía nada en común con el otro, que sus vidas se habían separado definitivamente. La sombra de Sebastián no se parecía en nada a María. La sombra de María había dejado de ser grotesca y alargada.

Ay, Los Amores

Los dieciocho años llevaron a María a estudiar a la capital.
Había decidido estudiar psicología, materia que iba muy en consonancia con sus aptitudes, su forma de ver la vida y sus ansias de conocer mejor a los seres humanos.

Pasaba las semanas sin visitar el pueblo; ya fuera porque se quedaba a estudiar los fines de semana en el piso que compartía con otras chicas; ya fuera porque su vida social con otros estudiantes le ocupaba todo el tiempo.

Alcaucín ya era un sueño lejano, con poco atractivo para una chica dinámica y llena de energía que devoraba con ansiedad todo lo que le ofrecía el nuevo mundo que acababa de descubrir.

Al principio, le costó adaptarse a las distancias entre edificios, las grandes multitudes que pululaban continuamente por todos los sitios y al estrés que le ocasionaba el continuo tráfico.
Aunque todo eso lo detestaba, también había descubierto en sus contadas visitas al pueblo que el sonido de sus pisadas por las calles, las mismas mujeres asomadas a las mismas puertas de sus casas y las frases de saludo que intercambiaba una y otra vez al cruzarse con alguien la deprimían.

Aquel ya no era su pueblo. No se reconocía en él.
Había descubierto que todo su dinamismo y energía se diluían en cuanto se iba acercando en el autobús. Se quedaba en casa durante esos días o raramente hablaba con sus antiguas compañeras para contarles lo bien que se lo pasaba en la ciudad.

Curiosamente, nunca preguntó por Sebastián, a qué se dedicaba, si seguía por allí o si tenía novia. Si alguna ráfaga de su memoria, o algún lugar o circunstancia se lo recordaban, rápidamente lo desechaba de su cabeza y ocupaba sus pensamientos en ideas más prácticas y cotidianas.

Lo poco de Sebastián que lograba traspasar su barrera mental le provocaba un rictus de dolor y la hacía sentirse desdichada.
Antes era una niña y ahora una mujer. No comprendía como había podido llegar a ser amiga y compartir algo con un bruto como Sebastián.
Eso era. Antes era una niña y ahora, una mujer.

Sebastián seguía viviendo en el pueblo.

Trabajaba con su padre en las labores del campo durante la semana y dedicaba los sábados y domingos a la cosa más importante del mundo:
el motocross.

La sensación de libertad y peligro que le proporcionaban las motos era insustituible. Vivía y soñaba con las motos. Siempre había nuevos desafíos, obstáculos y saltos que lo estaban esperando.
Las cabriolas y maniobras que eran imposibles para los demás, con mucha perseverancia, eran objetivos que siempre lograba superar.

Le auguraban un buen futuro como piloto y era un ídolo para los demás chicos.
Y hasta para las chicas.
La hermosa Diana no se perdía ninguna de sus prácticas ni competiciones.
Diana adoraba y amaba todo lo que Sebastián hacía. Hasta su forma tan peculiar de hablar, de andar y sus gestos desgarbados.

Diana tenía que reconocer que siempre lo había querido, desde que eran pequeñitos. Pero la presencia constante de María, esa mosquita muerta, no la había dejado ni acercarse.
Ella siempre había suspirado por él y ahora ya era suyo.
Sabía, por sus miradas y gestos, que Sebastián también iba aprendiendo a quererla y que, poco a poco, se iba haciendo insustituible en su vida. Y eso era bueno. Le había costado, pero las cosas ya estaban en su lugar.

El antiguo cortijo abandonado junto al manantial, a la entrada del pueblo, había sido recientemente adquirido por un hombre de la ciudad.
Según decían, era un arquitecto adinerado que, tras el fallecimiento de su esposa, había decidido retirarse a una zona rural junto a su hijo.

Tras largos períodos de obras y reformas, el cortijo se había convertido en una casa señorial, en un palacio que, aunque opulento, no desentonaba con el paisaje y alegraba la vista de los vecinos y forasteros.
El chico, un refinado veinteañero llamado Andrés, se encontraba desconcertado en el pueblo.
Todo su entorno le resultaba desconocido e inquietante No conocía a nadie. No había nada que le atrajera.

Su vida cosmopolita, rodeada de amigos constantemente, había desaparecido durante los veranos, fiestas y descansos. Y se volvía triste y huraño.
Decían de él en el pueblo que era un señorito mal criado, orgulloso y con complejo de superioridad.

Menos mal que solo debía permanecer allí durante esas épocas, y en pocos años, cuando terminara su carrera, se iría a vivir a la casa de la ciudad.
Si su padre había decidido pasar sus últimos días alejado del mundo, él no. Era joven y tenía que organizar su propia existencia junto con los suyos, en su ambiente y con todas las comodidades a las que estaba acostumbrado.

Aunque Andrés no lo supiera, su presencia en Alcaucín había hecho saltar las alarmas.

Cada vez quedaban menos mozos casaderos en el pueblo, que se tenían que marchar para trabajar a otros lugares y no regresaban; y las chicas locales, y sobre todo, sus madres, habían abierto la veda de caza de Andrés.

Hasta que coincidió con María en una de las contadas ocasiones en que regresó al pueblo en autobús …

El azar, que tantas veces interviene y cambia el futuro de los seres humanos, quiso que Andrés y María compartieran asientos contiguos aquel día de regreso a casa. Se iniciaban las vacaciones estivales.

Más a título de cortesía que porque tuvieran ganas de hablar, descubrieron que vivían en el mismo pueblo, que visitaban los mismos lugares y bares en la ciudad, que habían visto las mismas películas en el cine y que se encontraban solos cuando volvían a casa y sus actividades sociales eran muy reducidas.

Se bajaron del autobús y se despidieron, no sin antes quedar en llamarse en poco tiempo para ir a la piscina o salir de copas. 

Cinco años no son nada

María ya era una linda psicóloga de veinticinco años.

Nunca olvidaría el día en el que le llevó el título recién conseguido a su padre envuelto en papel de celofán, éste lo abrió creyendo que era un regalo y, al descubrir su contenido, lloró como nunca lo había hecho. Jamás había visto a su padre llorar, y menos, de aquella forma.
Su padre, abrazándola, le dijo una y mil veces: “ Gracías, gracias, María, es el mejor regalo que nunca me han hecho”, “Mi niña, mi niñita, ya es toda una mujer y además psicóloga”.

Cuando llegó su madre y se enteró de la noticia, la algarabía fue total. Hasta los vecinos se presentaron en la casa a averiguar qué había sucedido. Nunca antes María había recibido tantos besos y felicitaciones.
Le había costado, pero había merecido la pena.
¡Qué feliz era!

María ya entraba y salía del Cortijo del Arquitecto, nombre que le había dado el pueblo, como si fuera su propia casa.
Hasta se hablaba de una no muy lejana boda.

Sebastián era el rey del motocross.
Había ganado varias competiciones nacionales y había firmado un buen contrato con una gran escudería.
Diana, su fiel compañera, era la que se encargaba de las cuestiones administrativas y de buscar dinero para que pudiera seguir entrenando.

Gran parte de sus vidas se desarrollaba en Vélez o en Madrid.
Estaba alcanzando su meta, tantos años deseada.
Alcaucín se sentía muy orgulloso de que uno de sus hijos fuera un personaje tan importante, que aparecía frecuentemente en la televisión y la prensa nacional.
Todos los niños de Alcaucín querían ser Sebastián y se agolpaban a su alrededor cuando visitaba el pueblo.

No corras, Chaval

Sebastián tenía que prepararse a fondo.
En pocas semanas tenía la prueba más importante de su vida. Si la superaba, pasaría a formar parte del equipo nacional para competir en el extranjero.

Así que regresó a su pueblo natal, a modo de concentración, y pasaba todas las horas del día montado sobre la moto. Mientras había luz, se podía ver acelerando, frenando, saltando, haciendo giros inesperados y depurando su ya inestimable técnica de conducción.

Era un espectáculo para todos tener a un fenómeno como Sebastián trillando caminos, atravesando arroyos y levantando polvo y barro hasta alturas impensables. El ruido ensordecedor de la potente moto llegaba a todos los rincones del pueblo.
Y hasta las viejecitas más puritanas ponían velas en sus casas para darle suerte y protegerle de esa máquina infernal.

Día tras día, Sebastián regresaba a casa de sus padres al caer la tarde, irreconocible por el barro, cansado y satisfecho.

Pero la dicha nunca ha sido eterna…
Pero la vida de una persona puede cambiar en una décima de segundo…
Pero el principio y el fin hay veces que se tocan…

¡Iba a ocurrir algo!

Hacía años que había estado intentando superar aquel increíble terraplén de treinta metros de altura. Y siempre había tenido que renunciar a mitad de camino.
Si quería llegar a ser realmente competitivo, tenía que hacerlo, ahora o nunca. Era su pasaporte para el equipo nacional.

Desde abajo, con su moto ronroneando, pudo percibirlo en todo su esplendor. Era increíble, y enorme. Impresionaba e intimidaba. La sola idea de imaginar su ascensión con la moto lo hacía sudar y le producía un ligero cosquilleo en la columna vertebral.
Le daba miedo, mucho miedo. Pero más miedo le daba quedar excluido de la selección y la mirada de desilusión de Diana cuando lo devolvieran a la realidad y lo descartaran.

Giró la moto y volvió atrás.
Cuando estimó que había una distancia de unos doscientos metros, volvió a girar y detuvo el motor.
El silencio era impresionante. Todo estaba callado.
Pequeños destellos del pasado, descoordinados y sin tiempo ni lugar, resurgían a saltos inconexos en su cabeza.

¡Esto era lo más importante que iba a hacer!
Si lo conseguía, le esperaba un futuro prometedor.

Si fallaba, comprendería que había vivido una ficción, y su verdadero destino estaba en el campo, junto con su padre, arando, cavando y criando cerdos.
Tenía claro cuáles eran sus preferencias.
Solo había que comprobar de qué lado caía la moneda.
¿Merecía la pena intentarlo?
Pues claro que sí. ¡Vamos allá!

Arrancó el motor y comenzó a darle fuertes aceleraciones para que se calentara y pusiera a punto.
En el pueblo, desde sus casas, muchos levantaron la cabeza y pidieron silencio.
Algo raro estaba sucediendo. No eran normales los sonidos que les llegaban.
La moto siempre había sonado de forma discontinua, con bajadas y subidas de tono, o estaba en silencio. Pero nunca había bramado con esa potencia.

Algo iba a suceder y no podía ser bueno.
La mente colectiva de Alcaucín sentía que uno de sus miembros estaba en peligro.
Muchos corrieron al lugar de prácticas habitual de Sebastián, esperando que todo fuera bien.
Pero no fue bien.

La moto alcanzó su máxima velocidad, directa al terraplén. Ochenta, cien, ciento veinte, ciento cincuenta kilómetros por hora.
Y ascendió como un rayo.
Y ascendió y ascendió hasta llegar arriba.
Y ya en la cima, cuando se acabó la tierra, siguió volando.
Y volaba y volaba hasta pasar por encima de aquel viejo olivo.
Y se mascaba la tragedia.

¡No había espacio para parar!
La moto tocó tierra y se encaminó a velocidad de vértigo hacia el muro de contención que mantenía el siguiente terraplén.
Aunque se inclinó a un lado para obligar a la moto a derrapar, la velocidad era excesiva.
Un gran estruendo pudo ser oído a varios kilómetros de distancia y una espesa nube de polvo y metal lo llenó todo.

Todos los presentes corrieron al lugar.
Y allí estaba él, tirado como un trapo sucio, cubierto de hierros, polvo y sangre, y más desgarbado que nunca.
Sus piernas habían quedado en una posición sospechosamente preocupante.
Su largo cuerpo se extendía de forma inerte sobre la tierra.
Sus ojos cerrados no pronosticaban nada bueno.

El sonido de una ambulancia alertaba a los pocos “tiznaos” que habían estado al margen de que algo había sucedido.
Muchos lo dieron por muerto… y tenían motivos para ello.

Pobre Sebastián, con lo que había sido…

Tocando el cielo

Las idas y venidas en el área de urgencias del hospital comarcal eran continuas.
Los ruidos de sirenas, las caras desencajadas, los enfermeros con gesto sombrío y las miradas tristes o ausentes de los que esperaban que le comunicaran resultados de los suyos formaban una curiosa mescolanza.

Allí llegaron simultáneamente Sebastián, Diana y sus padres.
Tras el primer diagnóstico, se apreciaba un traumatismo general, una fractura de ambas piernas, una lesión de columna y un coma profundo.
Estado: muy grave.

Las horas se hicieron eternas en la puerta del quirófano.

Resultado: “Hemos hecho lo que hemos podido; si sobrevive a las próximas cuarenta y ocho horas, podremos continuar intentando sacarlo adelante; pero no se hagan muchas ilusiones, está muy mal”
Pasaron tres días antes que María se enterara de la trágica noticia.

¿Un tal Sebastián, corredor de motocross, natural de Alcaucín, Málaga, que había tenido un desgraciado accidente mientras entrenaba?
¡Dios mío!. Solo podía ser …
Sebastián llevaba una semana en coma.
Los médicos estaban confiados en que iba a salvar la vida, pero ignoraban en qué condiciones.

Y María se decidió.
Lo dejó todo y se fue al hospital.
Andrés la vio marcharse y sabía que no volvería más.

En el hospital, la madre de Sebastián, Diana y María se organizaron en turnos para acompañarlo durante las veinticuatro horas.

Pasado un mes, Diana comenzó a faltar a su cita aludiendo a problemas de trabajo.
La madre de Sebastián también espació sus visitas, argumentando que tenía una casa y un marido que mantener, y que debían tomárselo con calma, porque aquello iba para largo.

Y María se instaló indefinidamente en el hospital.
Le daba igual que hubiera otras visitas o no. Allí comía, dormía y atendía todas las necesidades de Sebastián.

Una mañana, la despertó un sonido extraño.
Miró a Sebastián y vio como éste movía la cabeza y gesticulaba algo ininteligible.
Rápidamente, llamó al médico. Tras la auscultación, sonrió y dijo: “Este caballero acaba de regresar al mundo de los vivos”.
Todos los servicios se movilizaron y comenzaron las idas y venidas de camilla, pruebas y análisis.

Mírame a los ojos

Y siguieron pasando los días.

En una de las escasas visitas de Diana, ésta le preguntó a María si podían hablar.
Ambas salieron al pasillo y Diana a modo de confesión le dijo:

- Hacía tiempo que quería hablar contigo, pero no había encontrado el momento adecuado hasta el día de hoy. Tú sabes que estaba saliendo con Sebastián y teníamos muchos planes de futuro. Pero este accidente lo ha cambiado todo. Sebastián nunca volverá a ser el mismo y yo tengo toda una vida por delante.

Estoy segura que me costará mucho reorganizarlo todo de nuevo y esto me ha puesto muy triste. Espero que lo comprendas, pero no puedo seguir soportando esta situación y he decidido no volver a venir a verlo. Creo que es lo mejor para los dos.
Solo quería decirte que, ya que tú vas a continuar aquí con él, y si encuentras la ocasión, se lo digas. Sé que eres capaz de hacerlo de la forma que le cause menos daño. Te pido ese favor.

María se sintió inmediatamente colérica.
Mientras Sebastián había sido un ídolo, Diana no se separaba de él. El mundo del éxito, las palmadas en la espalda y ser la compañera de la estrella, habían hecho que Diana se sintiera importante y reconocida por todos. Ahora, cuando ya no había más que rascar, la rata abandonaba el barco y se deshacía de él.

¿Cómo se podía ser tan cruel y mala persona?, ¿Eso era lo que lo había querido?, ¿Ese era el futuro que esperaba a Sebastián?.
¡Qué lástima le daba Diana!, ¡Qué asco!

Y le quiso decir todo eso a la vez, de sopetón.

Pero calló, giró la cabeza y volvió a la habitación con Sebastián.

Sebastian ya hablaba y hacía ligeras comidas por sí solo.
Aunque continuaba postrado en la cama, tenía cierta movilidad de cintura para arriba. María le contaba una y otra vez todo lo sucedido en los últimos meses y lo preocupados que habían estado por él.

Curiosamente, como si hubiera un resorte en su mente que le indicara peligro, no hacía preguntas sobre Diana, y María tampoco la mencionó.
Sus vidas cotidianas consistían en visitas de médicos, medicinas, idas y venidas a las salas de pruebas y muchas horas de sueño.

El resto del tiempo, María le leía en voz alta.
Sebastián entonces conoció a Robinson, Poirot, Romeo y Julieta, Papillón y San Manuel Bueno. Y Sebastián se emocionaba con cada uno de los mil personajes, historias y aventuras que se encerraban en esos libros que tan pacientemente María le leía.

Una vez más

Pasado un año desde el accidente, Sebastián ya estaba restablecido físicamente. Pero no podía andar.
Sus piernas seguían siendo insensibles y no obedecían las órdenes de su cerebro.
Le dijeron que ya no podían hacer más; que, posiblemente, con el paso del tiempo, consiguieran cierta movilidad, pero que había pocas posibilidades de que volviera a andar.

E ingresó en rehabilitación.
Durante dos sesiones diarias de mañana y tarde, Sebastián se asía a dos barras paralelas y dejaba sus piernas colgando. María, frente a él, lo animaba.
- Venga, vamos a mover un pie. Vamos a empezar por el izquierdo. Concéntrate en que hay que mover ese pie.
- Lo intento, lo intento, pero … no puedo, no puedo.
- No importa, tú sigue intentándolo. Si no podemos hoy, lo haremos mañana, o pasado, o el otro.

Durante tres meses, mantuvieron día a día la misma conversación.
Pero Sebastián avanzaba poco. Poco o nada.
Peor aún, Sebastián cada vez creía menos en sus posibilidades y se resistía a seguir intentándolo.

Solo la constancia de María lo obligaba a acudir a las paralelas.
- Venga, una vez más, una vez más. Lo estamos consiguiendo. Casi, casi mueves el pie.
- No, María, no he podido mover el pie. Nunca he movido el pie. Ni nada. ¡No he avanzado absolutamente nada!. Creo que deberíamos desistir. Es imposible y debemos admitirlo. Creo que deberíamos ir planteándonos que no volveré a andar y que pasaré el resto de mis días en una silla de ruedas.
- Venga, no seas tonto, una vez más. Una vez más.

Y siguieron pasando los días. Y Sebastián cada día era más pesimista y a María le costaba más trabajo llevarlo a rehabilitación.

Hasta que llegó el momento que, sujeto a las barras, Sebastián le dijo que se acabó, que no volvería a intentarlo, que era la última vez que acudía a aquella sala, que ella hiciera lo que quisiera, pero que iba a abandonar el hospital.

María, muy seria, le dijo:
- ¿Eso es lo que quieres hacer?, ¿Vas a abandonarlo todo después de lo que hemos pasado para llegar hasta aquí?.
¿ Y tú eres el Sebastián tan fuerte, tan orgulloso, el ídolo de todos que te ibas a comer el mundo?.

Lo siento, pero el Sebastián que estoy viendo ahora no es el que yo conocí. Te has convertido en un pobre hombre que quiere irse a llorar a un rincón, a lamentarse de la mala suerte que ha tenido y a vivir de sus recuerdos. Sebastián, si quieres ahogarte en tu autocompasión y lástima, si eso es lo quieres, conmigo no cuentes.
Me voy, adiós.

Y María se volvió y se dirigió a la salida.
Sebastián, desesperado, intentó retenerla y cayó al suelo.
- ¡No, no te vayas!, ¡María, por favor, no me dejes, no me dejes!

Y, desde el suelo, intentó impulsarse con pies y manos para alcanzar a María.
- ¡No te vayas!, ¡María, TE QUIERO, no te vayas!
¿QUÉ?
María se volvió y vio como Sebastián movía pies y manos. PIES Y MANOS.
Se arrojó al suelo junto a Sebastián, se abrazó a él y le dijo:
- ¡Lo hemos conseguido, amor mío, lo hemos conseguido!
Y allí permanecieron juntos, llorando, en el suelo.

Reunión familiar

Pasaron seis meses más.
Una mañana, María iba caminando por los pasillos del hospital. Llegó hasta la puerta de salida y la abrió de par en par.
Detrás con sus muletas y despacio, venía Sebastián.
Ambos reían y bromeaban.
La dicha y el amor que emanaban se transmitía a todos los presentes.
Eran la pareja más feliz del mundo.

El taxi llegó al pueblo. Todo los estaban esperando.
Unos lloraron, otros aplaudieron, pero todos estaban felices.
María y Sebastián, muy agarraditos el uno al otro, saludaron a sus vecinos y entraron en casa.
Ya no se volverían a ir más.
Siempre juntos, con los suyos.
La mente colectiva de Alcaucín se sentía satisfecha. La familia volvía a estar completa y todos sus hijos estaban bajo el manto de su protección.
 

Fin